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YO TUVE PERTHES

TONINO

Al principio, como suele ocurrir en esta enfermedad, mi madre confundió mis dolores nocturnos de huesos con dolores de crecimiento. Como era el menor de cinco hermanos tampoco le dio demasiada importancia y esperó a que se calmara. Seguían los dolores así que fuimos a ver a nuestro doctor de cabecera, un médico encantador que nos conocía a todos y que pasaba por casa a tomar una cerveza y unas tapas de chorizo de vez en cuando: diagnosticó lo mismo que mi madre y me recetó unas aspirinas, que era su receta favorita para todo. Los dolores empezaron a notarse casi a lo largo de todas las tardes; mi madre, que trabajaba en un comerció, solo sabía calmarme tomándome en brazos y haciendome carantoñas; si bien esto no me alivió los dolores hizo que un médico que había entrado en el comercio le preguntara si no era yo demasiado mayor para tenerme en brazos, mi madre explicó los motivos y el doctor me invitó a caminar por la tienda, me preguntó mi edad y dónde me dolía e inmediatamente nos citó en su consulta al día siguiente. Este hombre trabajaba en el hospital de La Malvarrosa en Valencia, que estaba dedicado casi exclusivamente a las enfermedades y traumatismos graves de hueso, y también acogía a muchos niños y adultos que no tenían posibilidades económicas de pagar un hospital. Tras unas radiografías el doctor diagnosticó el Perthes y nos envió a hacer un análisis de sangre; antes de nada advirtió a mi madre que yo no debía apoyar la pierna dolorida en el suelo bajo ningún concepto. Como el hospital está bastante alejado del centro y entonces no habían taxis en todos lados, mi madre cargó conmigo a su espalda, algo difícil pues yo ya tenía ocho años pero estaba bastante crecidito y mi madre tendría más de cuarenta y cinco, hasta que un señor se apiadó de nosotros, detuvo el coche y se ofreció a llevarnos a casa. Después de los análisis se acordó internarme en el hospital, que en realidad se llamaba entonces "sanatorio de la Malvarrosa". Para no asustarme no me dijeron nada, pero mi hermana mayor tenía remordimientos y me dijo que me llevarían a un sitio para ponerme bien. Claro que aquello suponía abandonar la casa y meterme en una enorme sala con más de medio centenar de niños desconocidos donde solo se me podía visitar los jueves y los sábados con la perspectiva de pasar un año para ver la recuperación, de la que se sabía muy poco. Pues allá me llevaron, me pusieron en una cama, me colocaron un peso que me sujetaron con esparadrapos a la pierna (Ahora creo que hay métodos más modernos) y se llevaron a mi familia. A mi madre, cada vez que se la llevaban porque se acaba el tiempo de visita, y según supe mucho más tarde, le entraba tal tristeza que las enfermeras la tenían que envolver en mantas durante media hora para que recuperara el calor y se pudiera marchar por su propio pie llorando. El lugar no era precisamente alegre. En una nave enorme estábamos todos los niños, cada uno en su cama; en la sala de al lado los jóvenes y en el piso de arriba, los adultos. A un lado de mi cama había un chico que tenía un proceso de recuperación ósea en una pierna y al otro un chaval con una especie de barras de metal en las piernas unidas con escayola para evitar que se torcieran. Entre los demás enfermos habían paralíticos, niños a los que solo alcanzaba con la vista y que ignoraba sus dolencias, algunos niños con retraso mental que las enfermeras y las monjas tenían acogidos seguramente porque nadie se ocupaba de ellos durante el día. La verdad es que a mi familia le daba la impresión de que yo debía pasar mal allí, pero la verdad es que como siempre he sido de carácter tranquilo y paciente no me enteraba de nada. La gente cree que a los ocho años "te enteras de todo" y en efecto es así, pero no tienes los prejuicios que tienes de mayor, con lo cual lo ves todo con naturalidad, como quien ve caer una mazana, y no sufres tanto como ellos por ti. Además uno se acaba acostumbrando a todo. La rutina en el sanatorio era bastante monótona, pero todos los días nos sacaban a tomar el sol frente al mar, porque las camas tenían ruedas, y a darnos leche, para fijar mejor el calcio, de manera que estábamos todos tostados y ventilados, creo que mejor que un hospital de los modernos con aire acondicionado y persianas. Entre los niños teníamos un montón de cosas que hacer en las camas, desde fastidiarnos los unos a los otros a retarnos a carreras a la pata coja (el que podía) por la playa hasta tocar el mar. Yo aprendí a jugar al ajedrez con un señor de la planta de arriba, y a las damas, y leí todos los libros que caían en mis manos que fueron muchos. El tiempo fue pasando y finalmente me pusieron un espantoso aparato de descarga en la pierna derecha y una bota de corcho en el pie izquierdo. Conseguí caerme un par de veces y por fin conseguí mantenrme en equilibrio. Odiaba ese aparato con toda mi alma, pero me permitía caminar, lo cual me parecía toda una experiencia. Ese verano mi padre me llevó a un médico francés que había tratado la enfermedad haciendo pequeños agujeros en la cabeza del fémur para que la sangre circulara mejor, pero después de mucho pensar decidieron que era mejor esperar por si se recuperaba solo. Yo no me enteraba, pero en mi casa era un drama que yo pudiera quedar mal de una pierna. Hice meses de recuperación en una bicicleta estática, que era muy abirrida, pero las de verdad tenían el peligro de hacerme caer y lesionarme. La verdad es que yo me sentía muy normal, pero advertí que a la gente mi pierna metálica le provocaba muchas y distintas reacciones. A unos les daba lástima, cosa que yo no entendía, a otros asombro, a muchos compasión. Una tarde mi madre me llevó en secreto a un convento; allí una monja me llevó a una celda y me hizo tumbar sobre una cama que era un jergón de paja con funda y me sugirió que rezara a la Virgen. Como mi educación había sido bastante láica en mi infancia, obedecí, pero no sábía muy bien cómo la Virgen se iba a dar cuenta de que tenía un Perthes Séptico; pero también pensé que si no te crees las cosas, nunca se cumplen; además mi madre se había ido, seguramente -pensé- a llorar y rezar desesperada delante de alguna imagen y no podía defraudarla; no tenía nada que perder, de manera que recé un ave María, luego un segundo mucho más convencido, y un tercero con tanta energía y fe que hubiera podido abastecer de electricidad a toda la ciudad de Las Vegas durante una semana. Al bajar de la cama de la madre Sacramento, que se conserva incorrupta en una urna, me sentí mucho mejor, estaba igual que antes, pero había descubierto que la imaginación y el cariño a lo desconocido era muy reconfortante, sobre todo cuando se hace por bien. Luego, cuando volví a la escuela, lo primero que recibí fueron burlas. Cinco compañeros de curso me seguían por las escaleras imitando mi curiosa manera de caminar como una especie de péndulo con pantalones cortos. Me giré hacia ellos y les pregunté qué querían; ellos no se lo esperaban porque pensaban que me iría corriendo avergonzado de mi mismo y llorando, pero como me era imposible correr -evidendetemente- pensé que era mejor girarse y preguntar a ver qué hacían. Se deshicieron en disculpas sin saber qué hacer y me propusieron ser mis amigos; por cierto, todavía lo siguen siendo después de muchos años. La verdad es que con aquel rollo del aparato y aunque era muy pequeño aprendí mucho de la sensibilidad y la manera de pensar de la gente, en compesanción -imagino- por no poder salir a jugar al fútbol al patio, como todo el mundo. A veces incluso me aproveché de mi debilidad para no tener que discutir con nadie, sólamente dandoles pena. Eso sólo en casos extremos, porque también era muy orgulloso y me empeñaba en parecerme al máximo a los demás. Una de las cosas de las que me arrepiento haber hecho fue negarme a estudiar la tabla de multiplicar. No hubo manera de hacermela estudiar. Memorizar cifras absurdas me causaba un dolor tremendo en el alma, de manera que aprendí a decir "¿por qué?" y hasta que no recibía una explicación satisfactoria no me bajaba del burro. Como en la época los golpes eran la única manera pedagógica para enseñar a los niños rebeldes, siempre había para mi una cuota de bofetadas más cortas que para los demás niños, y como los adultos prefieren pegar en las nalgas o en las piernas, siempre se paraban cuando topaban con la pierna de hierro: cosas de la vida. Sea como fuere no me convertí en el niño mimado y torturador afectivo que pude haber sido, pues aunque tenía el campo abonado para incitar a la compasión y tiempo sobrado para envidiar a los demás y maquinar, siempre tuve una inclinación a la bondad parecida a la de Bambi, de manera que me crié sano y alegre; aunque poco comunicativo, he de admitirlo. Por ejemplo, a los dos meses mi familia descubrió que yo dormía vestido y a veces con el aparato puesto. Claro que un niño que ha vivido un año en una cama vistiendo únicamente dos pijamas cuya parte de abajo era complicada de quitar comprendió que todo lo que necesitaba para vivir era una única muda, y que la ropa de calle y la de dormir no tenían diferencia alguna, así que tuve que aprender a vestirme, a ducharme por las mañanas, a todo lo que no había hecho durante mucho tiempo. Entre los sufrimientos que uno puede padecer y que le obligan a ser malo a pesar suyo cuando está atado a una pierna ortopédica a los diez años existe uno particularmente fastidioso y que no me resisto a contar: el de un niño que gira en torno a ti cuando no le ve nadie y a escasos centímetros de tus manos mientras grita alegremente: "¡Paticojo, paticojo, paticojo!" Tras varias semanas de intentar correr tras él (¡Sí! finalmente aprendes a correr, saltar y todo lo que te han prohibido hacer con tu amiga ortopédica) se impuso la estrategia. En lugar de hacer el máximo esfuerzo para capturarlo a cada vuelta, me sumi en una especie de letargo de Koala; él, encantado, se iba acercando cada vez más y gritaba cada vez más fuerte mi condición humillante -según él- de paticojo y su alegría de ser superior. Conté las vueltas que le faltaban para rozarme e incluso pegarme por fin por delante -solo lo conseguía por detrás- y cuando más confiado estaba él de mi derrota moral, salté sobre su camisa y sin pensarlo (¿o lo había meditado durante días?) le arrée el bofetón concentrado de varios meses de burla inmisericorde. Aunque me disculpé porque le dejé una marca roja en la cara, farfulló un último `"paticoj..", se fue corriendo avergonzado y nunca más se atrevió a burlarse. Los niños somos así. Los recreos los pasaba normalmente en la biblioteca, con lo que conseguí dos cosas que en mi futuro me serían de mucha utilidad: no creer que el fútbol es el paradigma del universo y obtener muy buenas notas en redacción y literatura, lo que encauzó mi carrera de guionista. Por fin un día un médico me dio el alta. Iba con mi madre al lado, como siempre. Ella llorando y riendo por la calle, como si estuviera loca, o enamorada, o simplemente feliz. Yo correteando feliz a su alrededor pidiendo que me mirara caminar, cosa que hacía muy bien, pero creo que ella no podía ni verme porque estaba en otra dimensión, la de las madres que han rezado por sus hijos y les han concedido su ruego, flotaba a cinco centímetros del suelo al caminar; tal vez la madre Sacramento había intercedido por mi, de manera que fue a darle las gracias. Pronto se olvidó todo el proceso de enfermedad: volví a correr, me hice un experto en vallas, pues por las noches, ya en mi casa, llevé un aparato que colocaba la pierna en forma de "L" plegada hacia fuera y esta habilidad me hacía saltar casi a ras de las vallas; volví a la normalidad y a hacer todo tipo de cafrerías que hacen los adolescentes. Creo que no volví a acordarme del suceso. Lo único que había cambiado es que me había propuesto ser muy bueno en recompensa por haber recuperado la posibilidad de caminar, y que caminaría siempre que me fuera necesario. Lo primero me ha costado mantenerlo, porque la gente que no está en un hospital y no ha pasado por la cama de paja de la madre Sacramento es muy borde, lo segundo lo he conseguido hasta el año pasado que me compré mi primer coche, que ya era hora según mis amigos. Sólo cuando me tocó hacer el servicio militar tuve un pequeño problema de comprensión. A la hora de alegar yo aduje mi enfermedad, y llevé mis radiografías con la necrósis ósea y expliqué que el ejercicio repetido y machacón de la ruda vida militar podía producirme dolores. Como el perthes no estaba tipificado en las ordenanzas, me dijeron que era perfectamente apto. Les expliqué que sí, pero de que después de hacer marchas me tendrían que llevar a un hospital, y que eso era absurdo. Nada, que no estaba en las ordenanzas y el Perthes no existía. Al final alegué miopía y fui exento total, caprichos de la milicia. Ahora todo va bien: puedo predecir el tiempo con la precisión de un barómetro alemán y debería hacer más ejercicio, que hago irregularmente. Creo que mi futuro es una prótesis de cadera, o un descubrimiento de última hora que la haga innecesaria, dentro de unos diez años o así.

Perthes o no la vida ha seguido adelante, y si uno ha tenido una madre que se escondía para llorar mientras el somier de la Madre Sacramento crujía siniestramente bajo tu espalda, ¿se le puede pedir más a la vida?

Un beso a todos.

Tonino

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